Dios, hoy te escribo porque necesito detenerme un momento y reconocer lo que a veces olvido: siempre has estado conmigo. Aun en mis días más oscuros, cuando la duda y el cansancio se apoderan de mí, sé que sigues a mi lado, silencioso, paciente, esperando que vuelva a buscarte.
No quiero que esta carta sea solo una petición. Hoy quiero agradecerte. Gracias por las oportunidades que no merecía, por las puertas que abriste sin que yo las tocara, por las caídas que evitaste y por las veces en que me sostuviste sin que yo lo supiera.
Me cuesta entender tus tiempos, tus formas y tus respuestas. A veces pienso que no me escuchas, que mis palabras se pierden en el aire. Pero luego, en un gesto pequeño, en una coincidencia inesperada o en un pensamiento que me da paz, recuerdo que sí estás, que sí escuchas.
Sé que no siempre actúo como debería. Me equivoco, me alejo, me dejo llevar por el orgullo y la impaciencia. Pero tú sigues ahí, sin reproches, sin condiciones.
Te pido que sigas guiando mi vida. Ayúdame a confiar más, a rendirme sin miedo, a aceptarlo incluso cuando no entiendo nada. Dame fuerza para seguir caminando, luz para mis decisiones y serenidad para mis batallas internas.
Gracias por no soltarme. Gracias por saber lo que necesito antes de que yo mismo lo comprenda. Gracias por ser mi refugio, incluso cuando no sé cómo volver a ti.
Esta carta es mi forma de recordarme que no estoy solo.
