Sé que mi silencio te dolió más que cualquier palabra dura. Sé que cuando necesitabas respuestas, yo elegí callar. Tú esperabas claridad, apoyo, honestidad. Pero yo me alejé, no porque no me importaras, sino porque no sabía cómo manejar lo que sentía.
Hoy entiendo que callar también es una decisión, y que esa decisión te hirió. Por eso quiero pedirte perdón. No solo por lo que hice, sino por todo lo que dejé de hacer. Por las conversaciones que evité, por los mensajes sin responder, por los momentos en los que te hice sentir que no significabas nada.
La verdad es que sí significabas. Lo eras todo. Pero me asustó la intensidad, la responsabilidad, la posibilidad de perder algo que aún no entendía por completo. En lugar de enfrentar mi miedo, me escondí detrás del silencio.
Sé que ese vacío te dejó preguntas que nunca respondí. Tal vez todavía tengas dudas. Tal vez pienses que no me importó. Pero sí me importó. Simplemente no supe manejarlo.
Hoy, desde la distancia, reconozco mis errores. Hubiera querido tener la madurez que tengo ahora para hablar contigo, para cuidar lo que teníamos, para sostenerte en lugar de desaparecer. Lamento que tuvieras que sanar sola un daño que yo provoqué.
Te pido perdón con sinceridad. No para volver, no para reabrir heridas, sino para asumir mi responsabilidad. Cada persona merece palabras, no silencios. Merece claridad, no ausencias. Lamento no haberlo comprendido en ese momento.
Ojalá encuentres a alguien que nunca te deje esperando una explicación. Y ojalá yo nunca olvide lo que aprendí gracias a ti.
