Muchas personas piensan que soy seguro, fuerte y capaz. Dicen que transmito confianza, que sé lo que hago, que siempre tomo decisiones correctas. Pero detrás de esa imagen hay una realidad que nunca comparto: me comparo constantemente con los demás, y casi siempre siento que no soy suficiente.
Cada logro que alcanzo lo minimizo, como si no fuera tan importante o como si cualquier otra persona lo hubiera hecho mejor. Me esfuerzo el doble para sentir que merezco estar donde estoy. Incluso cuando recibo un cumplido, mi mente lo transforma en una duda: “¿Realmente lo dicen en serio?”
No sé exactamente cuándo empezó este sentimiento. Tal vez fue una mezcla de expectativas, miedo al fracaso y el peso de aparentar perfección. Lo cierto es que vivo con una voz interna que cuestiona cada paso que doy, y aunque trato de ignorarla, regresa cada vez que algo no sale perfecto.
Lo más difícil es que nadie lo sabe. He aprendido a ocultarlo detrás de sonrisas, de humor, de responsabilidad. A veces quisiera decir “no puedo más”, pero temo que me vean como alguien débil.
Este secreto se ha convertido en una lucha diaria. Quiero creer que algún día podré aceptarme sin compararme, que podré sentir orgullo sin dudas. Pero por ahora, mantengo esta batalla en silencio, esperando que algún día la voz interna se vuelva más amable.
