Queridos papá y mamá:
Quiero comenzar esta carta reconociendo la verdad: hay cosas de mi infancia que me hirieron profundamente. Algunas de sus decisiones, palabras o silencios dejaron marcas que he cargado durante años. Escribir esto no significa fingir que esas heridas no ocurrieron ni convencerme de que “no fue tan grave.” Mi dolor fue real, y tuvo importancia.
Durante mucho tiempo me costó pensar en perdonarlos, porque sentía que hacerlo era justificar todo o minimizar lo que viví. Pero he comprendido que el perdón no borra el pasado. No convierte en aceptable lo que sucedió, ni hace que mi sufrimiento deje de tener valor. Lo que sí hace es darme la libertad de no vivir atado a esos recuerdos cada día.
Los perdono, no porque lo que pasó haya estado bien, sino porque no quiero que la rabia siga definiéndome. Los perdono porque sostener el resentimiento me mantiene unido a un dolor que ya no quiero cargar. Este perdón es para mi sanación, para la persona en la que quiero convertirme de ahora en adelante.
Al mismo tiempo, quiero que sepan que perdonarlos no significa olvidar. No significa que no vaya a protegerme con límites cuando sea necesario. No significa que las cicatrices desaparezcan. Significa, simplemente, que estoy eligiendo la paz en lugar de la amargura, la compasión en lugar del rencor, y el crecimiento en lugar de quedarme atrapado en el pasado.
Espero que esta carta deje claro que mi perdón no es negación. Es honrar el dolor, aprender de él, y aun así decidir soltarlo. Cargo con ambas verdades: fui herido, y estoy perdonando.
